La encina


Esa soledad irremediable

domingo, 02 de noviembre de 2014 | Hay 0 comentarios

En algún libro había leído: “No será esta soledad el signo de la soberanía de Dios, ese título de posesión al cual no puede renunciar el Dios celoso?” ¿De dónde veníamos aquel día? Mejor dicho, ¿aquella noche?. Habíamos salido de excursión desde Madrid. Una jornada fraterna y divertida. Regresábamos contentas pero cansadas. A un lado y otro de la carretera los chopos entre la niebla llamaron mi atención. Debía ser noviembre y lloviznaba un poco. Se adivinaba el frío que podía hacer fuera del autobús. Siempre al regreso de algún lugar, cuando has pasado un día feliz con gente a la que quieres y te quiere, te atraviesa la espada de la finitud. Todo se acaba aquí. Nada es definitivo. La brevedad se impone. Y cuando llegamos a Madrid me rondaban la mente, algunos versos nuevos que eran preludio del poema siguiente. El que os ofrezco en este día de Todos los Santos, aniversario de mi profesión perpetua. ESA SOLEDAD IRREMEDIABLE… Un puñado de chopos esparcidos/ a la orilla de cualquier camino,/ después de puesto el sol,/ cuando la noche/ se hace dueña de todo: / Eso somos nosotros, solo eso./ Clavados en la tierra con raíces de amores claroscuros/ y creciendo hacia arriba-ruta al cielo- / buscando a tientas el amor que sacie de verdad, sin medida./ En el campo a través y sin resguardo,/ con hojas o sin hojas,/ con mirada, alma y brazos de madera/ que sirvan para cruz cuando sea el tiempo./ Un puñado de chopos solitarios,/ sembrados uno a uno,/ a muy poca distancia,/ suficiente para sentirnos solos,/ separados, distintos./ Cada cual con su tronco y con sus hojas,/ cada cual con sus hojas y su savia,/ cada cual con su fuerza y con su altura./ La lluvia nos resbala,/ el viento nos asusta,/ el hielo se nos clava en la corteza./ La niebla no nos deja mirarnos claramente./ Eso es lo que nos une: la niebla, el viento, el hielo,/ el peso de la noche,/ la lluvia que nos moja,/ el miedo a vivir solos…/ Y ese terco deseo / de crecer y crecer siempre hacia el cielo/ en busca de la mano que nos sembrara un día,/ con la esperanza viva de que nos corte pronto,/ y haga un haz apretado, con nuestros troncos muertos,/ unidos para siempre,/ sin tierra ni distancias de por medio./ Madrid, 1 de diciembre 1968


Y SE DIERON A LA MAR

domingo, 26 de octubre de 2014 | Hay 0 comentarios

No sé cómo, poco, a poco, los textos evangélicos se me convertían en versos con ritmo. Entraba en la escena y sentía que la experiencia de los discípulos reflejaba, veinte siglos después, sencillamente, mi propia pobre experiencia. Después de tantos años que han pasado, descubro que aun me sirven para rezar. Y pienso que no solo refleja mi situación sino la de mucha gente que vivimos situaciones similares en un mundo en el que parece, en ocasiones, que todo se hunde. Y SE DIERON A LA MAR… Lc 8, 22-25 Contigo nos dimos A la mar un día./ Íbamos tranquilas Porque estabas cerca. / No nos asustaban Las nubes oscuras…/ ¿Por qué te dormiste, Señor, y te duermes?/ Hay un torbellino De viento, de aguas,/ Que van anegando Nuestros entusiasmos./ Las olas con brío Nos llevan sin rumbo,/ Señor, a otros puertos, Que no son tu Puerto./ ¿Por qué te nos duermes, Señor? ¿Tú no sabes/ Que el timón no es nuestro,/ Que la barca es débil, La madera es vieja/ Y que no podemos,/ hacer frente solos a este mar inquieto?/ ¡No podemos dejarte dormido!/ ¡Perdona los gritos Para que despiertes!/ ¡Mira nuestro miedo!/ ¡Mira adónde vamos Si no te despiertas!/ ¡Levántate, Cristo, Y vuelve sereno/ El turbio oleaje De nuestro egoísmo ¡/ ¡Llénanos de asombro Con la calma cierta!/ Y luego pregunta, Pregunta si quieres/ Por esta fe nuestra, Que se va apagando./ Tal vez al tenerte Que dar la respuesta/ Despertemos, Cristo, Del sueño y del miedo,/ Y otra vez nos vuelva La ilusión primera./ Madrid, retiro de fin de año 1968


Rima libre

martes, 30 de septiembre de 2014 | Hay 0 comentarios

La rima consonante del unico soneto de mi vida, no volvio a repetirse. Cuando empezó en Salamanca mi nueva vida, me dejé en libertad. Porque no quise - y tampoco podía- aprisionar los versos que asaltaban de pronto mis ratos de oración. Cuando vuelvo a leer estos poemas, olvidados durante tantos años, de inmediato me llevan al momento concreto en que los escribí. Y me veo contemplando la noche, a través de la estrecha ventana de la habitacion, o sentada a la mesa meditando.O en viaje contemplando el mar, o en el coro de alguna capilla silenciosa. Y me resulta extraño comprobar que es ahora, después de un largo recorrido, cuando comprendo un poco lo que escribía entonces. Diria que es un misterio si no estuviera convencida de que nadie es poeta sino Dios. Para no cansaros más por esta vez, dejo paso a algunos de los primeros versos de rima libre que escribí a poco más de un año de entrar en Salamanca. MURALLA Si lo quieres, Señor, Yo cerraré mis ojos Y cruzaré mis manos ante ellos, Para hacer más espesa la muralla Que me aleje de todo lo de afuera, Que me lleve sin miedo más adentro, a espaldas de este mundo, Hacia mí misma. Caminando hacia el alma en busca tuya. En plena soledad, en pleno olvido. Si! Cerraré los ojos Y cruzaré mis manos ante ellos Para hacer más espesa la muralla Que guarde mi silencio Y tu silencio. Abril 1966 QUIERO SER NIÑA Quiero ser niña, Padre, Y niña tan pequeña Que no sepa ni andar, ni eso siquiera. Quiero ser niña, Padre. Y no daré ni un paso Si no estoy bien segura De que Tu, frente a mí, me estas llamando, Los brazos extendidos, Para evitar tropiezos y caídas. Quiero ser niña, Padre, niña siempre. Que sepa con mi llanto inconsolable Ganarme una sonrisa tuya ,Padre, Cuando al llegar la noche, Solo pueda entregarte con mis lágrimas Todas las gracias que me diste al día, Rotas como juguetes, Por no saber jugar a mil renuncias… Quiero ser niña, Padre, y de tu mano, Andaré sin temor todas las rutas. Ejercicios espirituales para mi Primera Profesion. 1967.


Mi "denario" poético

martes, 16 de septiembre de 2014 | Hay 1 comentarios

Cuando Dios repartió a raudales la inspiración, creo que gotas perdidas salpicaron mi alma. No mucho más. Lo suficiente, pienso, para rimar rezando, o al contrario. Lo he descubierto ahora, cuando he intentado librarme de todos los papeles que vengo acumulando año tras año, para hacer más ligero mi equipaje. He pasado unos días deshaciéndome de agendas y recuerdos, la vida escrita en ellas, las penas y alegrías, los encuentros y los desencuentros. Convirtiendo el corazón sin darme cuenta en el único lugar que guarda todo. “Esto va al corazón, y esto también”-me voy diciendo: y he descubierto que el corazón se ensancha sin medida. Que todo cabe en él. De una agenda salvé esta única frase: “Las horas y los días, los meses y los años se suceden y nada queda sino Dios y lo que hayamos hecho por El.” Ni siquiera recuerdo de quién es, pero me la repito mientras destruye el fuego mis agendas abiertas, y mientras voy rasgando las hojas de cuadernos antiguos. Al dar con los poemas escritos años atrás, he pensado: ¿Mi “denario poético“ enterrado en la arena ? Tal vez esté aún a tiempo de compartir con alguien lo recibido entonces. Puede que ya sea tarde porque son otros tiempos y el lenguaje de hoy, por supuesto, no es el mismo. Pero siempre será mejor que enterrarlo de nuevo. Así que aquí me tienen. Y si no sirven, yo habré intentado al menos, por si acaso, duplicar mi “denario”. No es fácil lo confieso. Me veo, me reconozco en Salamanca, leyendo, tímidamente, con música de fondo, allá en la biblioteca, la víspera de cada acontecimiento… Comienzo por un soneto, escrito antes de entrar en el noviciado. Hacia septiembre de 1964. CRUZ Escrito en Villa del Campo (Cáceres) Miré dentro de mí entre la espesura De mi alma, que marcha hacia el abismo Y he visto que llevé con pesimismo La cruz que Tú me diste con dulzura. Y he pensado, Señor, con amargura, Qué grande y fiero ha sido mi egoísmo Rechazando mi cruz, cuando Tú mismo Por mí sufriste cruz mucho más dura. Hoy te pido que llenes de valor Mi corazón, Señor, que está llorando. Si quieres, en mi cruz, pon más dolor, Que aunque mis hombros lleve ya sangrando, Quiero pagarte con mi amor tu amor, Siempre en la vida hacia tu cruz mirando.


EL CUADRO QUE ENCONTRO SU CASA.

domingo, 09 de febrero de 2014 | Hay 0 comentarios

Durante meses que me han parecido una eternidad, solo he visto la luz del sol un día. Pensé que ya era el momento de salir al aire libre, pero no, ese día, me hicieron una foto, me envolvieron en el mismo papel de regalo y de nuevo a mi retiro oscuro en el fondo del armario con la única compañía de maletas, cajas y radiografías antiguas. He llevado una existencia inerte. Y perdí la esperanza de ver de nuevo el sol. Cada vez que la puerta se abría y se cerraba de nuevo, se consumía un poco más mi fe. Llegó un momento en el que pensé que hubiera sido mejor que nadie me pintara. Mi autor perdió conmigo, inútilmente, su tiempo, sus colores y su inspiración. Sin embargo, cuando creía que ya nadie se acordaba de mí, cuando me había sentado ya en la orilla del acantilado del olvido, cuando mi llama estaba a punto de extinguirse, se abrió la puerta de mi prisión, y sentí, en mi debilidad extrema, que alguien me arrancaba del aislamiento y de la oscuridad. Entonces, debería esperar aún la luz y otro destino? Sentí que retiraban el papel de regalo, sentí que me miraban con una expresión de alegría e ilusión, de triunfo y de alivio. “Hay que poner el cuadro en su lugar” Escuché que decían. Y como si todo fuera un sueño difícil de creer para un pobre cuadro, vi que el papel de regalo iba directamente a la papelera, y que la puerta del armario se cerraba esta vez para siempre detrás de mí que miraba de reojo, agradecido, hacia la luz de la ventana. ¡Qué maravilla la vida ¡ ¡Qué maravilla la luz ¡ ¡Qué maravillosa libertad¡ He salido a la calle acompañado de risas y de cantos. Me llevan hacia una casa que no está aun terminada. Y qué sorpresa la mía ¡Allí me reciben como si yo fuera alguien importante. Paso de mano en mano, me miran y me admiran. Todos me regalan sus sonrisas. ¿Cómo puede cambiar tan increíblemente la vida de un pobre cuadro en tan solo unos instantes? Hasta mí llega la voz de alguien que dice a los demás: “Esta casa empezó por este cuadro…” Miro a través de la ventana y mi corazón se ensancha y se siente esencialmente feliz: “Por fin, encontré mi lugar en este mundo”. Los días de oscura desesperación se borraron de mis recuerdos. Me esperan otras historias desconocidas. Desde esta pared puedo seguir el ritmo de esta gran familia. Veré reír y crecer a estos niños. Se harán mayores. Vendrán otros niños. Estoy en mi casa. Y yo seré, sin que ellos lo sepan, el cronista anónimo de sus vidas inciertas.


La voz de otra Voz

domingo, 09 de febrero de 2014 | Hay 0 comentarios

A María Ángeles Pellejero en sus Bodas de Oro de Vida Religiosa Finales de abril del 1965. Queda atrás mi pueblo, la casa y las gentes que me vieron nacer. Las calles que me vieron correr, y jugar. Las amigas de la escuela, de los paseos por la carretera. Las lagunas, los árboles y las cigüeñas del campanario de la iglesia. Queda atrás la vida sencilla que olía a campo abierto, a orégano, a tomillo y a romero, a heno, y a encinas, a eras, a olivos y a vendimias. Queda atrás mi pueblo, es decir mi barca y mis redes… El tren me aleja de esa parcela del mundo y me lleva hacia otra orilla, totalmente desconocida. Ahora lo sé mejor que antes. Una aventura que ha resultado increíble cuando miro hacia ese momento. Mis padres me acompañan, en un viaje en el que el silencio tiene todas las palabras encadenadas. Prefiero mirar por la ventanilla, y ver como las cosas se acercan y desaparecen, se acercan y desaparecen. Aquel árbol, aquel camino, aquellos sembrados, aquel río. Todo se acerca, todo se queda atrás. Como la vida misma. Llegamos a Madrid. San Francisco de Sales 13. Solo unos meses antes había estado allí por casualidad. Nada me hizo pensar entonces que volvería. Sin embargo allí estaba, y estaba para quedarme… La frase de una Hermana que me había acogido en mi primera visita, había hecho su trabajo…” A Dios le agradan los frutos, pero si le damos el árbol…” era una respuesta sencilla, pero de lógica implacable, a una afirmación que yo había hecho antes: “El bien se puede hacer en cualquier parte”. Esa noche dormí por primera vez sola, lejos de mis hermanas, en una habitación que tenía un cuadro de la Virgen María y un pequeño crucifijo. Y a pesar de estar en el lugar que yo había voluntariamente buscado, no sentía nada, y ni siquiera apenas podía rezar. Mis padres habían sido fuertes a la hora de dejarme allí. También yo. Tal vez porque todavía podría verlos al día siguiente. No recuerdo mucho más de esa primera noche lejos de todo lo que había sido mi vida hasta ese instante. Pero sí recuerdo perfectamente que después del desayuno, mientras esperaba la visita familiar, la Madre Asunción Acosta me llevó a una sala del Colegio Mayor, me puso un disco, para que escuchara música, y se marchó a sus tareas. ¿Había adivinado lo que necesitaba? Era una voz clara, firme y convencida. No las habia escuchado antes, no las conocia. Las canciones precisas para el momento preciso. Me senté, y me levanté, me asomé a la ventana, paseé por la sala. Nadie venia. Y mientras esperaba, la voz me seguía hiciera lo que hiciera. Una voz que me ayudaba a tomar conciencia del destino elegido. Me daba un nuevo ánimo para los pasos siguientes. El corazón, que se había contraído hasta la insensibilidad, tal vez para hacer frente a todas las tristezas del adiós, retomó su aliento. Sí, yo estaba allí porque Alguien me había llamado, Alguien que me invitaba a remar mar adentro, Alguien que era y sigue siendo Luz en mi camino. Nunca he olvidado esas horas especiales, en compañía de esa voz que me traía los ecos más profundos de otra Voz y que me infundió el coraje para seguir con decisión la senda que Dios había trazado para mí. Dos días más tarde llegaba a Salamanca. Y la aventura verdadera comenzaba. Mar adentro… ¡


Viajes

martes, 21 de mayo de 2013 | Hay 1 comentarios

Estoy envuelta ahora en el silencio de este monasterio escondido en la selva.


Digo que estoy envuelta en el silencio. Las ramas de los árboles se mecen en silencio. Las mariposas blancas, amarillas y azules, van de un lado a otro sin que pueda percibir en mis oídos el batir de sus alas. Y ahí está el sol que se cuela entre los árboles y entre la hierba para dar su luz respetando el silencio. Y las gotas de la lluvia nocturna reflejando en silencio el sol.


Casi transparente, una araña diminuta teje hacendosa su invisible trampa. Nadie dice nada aquí. Los minutos, los segundos, las horas, se deslizan también en silencio…


Y mientras, yo puedo viajar con mis pensamientos a miles de kilómetros, a las fuentes serenas de mi vida. A mi pueblo natal, que es mi galaxia preferida. La capacidad humana de atravesar distancias, para desaparecer de un lugar y viajar a otro, es hoy innegable para mí.


Yo vuelvo a sentarme debajo de una encina, en la dehesa de siempre. Siento en mi espalda el roce de su tronco áspero y amigo. Y en mi cara, el aire cálido del mediodía. Hoy nadie pasa por el camino cercano. Y he enviado, a propósito, lejos las ovejas, sus esquilas y sus mastines.


Necesito el silencio de la selva para escuchar a Dios en la dehesa, para admirar su obra, para acercarme al misterio, para constatar mi irrelevante existencia si El no estuviera conmigo, para sentir su bondad sin límites, su grandeza inabarcable. “Yo soy el que soy, y tú eres la que no eres,” le dijo a Catalina de Siena, y esta reconoció: “Tú eres el Creador y yo soy una criatura.”


El silencio es el lenguaje de Dios. Desde siempre deberían enseñarnos este lenguaje que hace comprensible lo que creemos imposible, inalcanzable o absurdo… Que nos lleva al asombro cotidiano de las cosas sencillas. El silencio nos enseña a asomarnos al pozo profundo que somos cada cual, sin miedos y sin vértigos. Porque el ruido incesante nos impide escucharnos y escuchar la verdad. Descubrir el sentido del camino que hacemos, es obra del silencio: “Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir…” El silencio nos ayuda a recitar estos versos de otra forma: Nuestras vidas son los ríos que nos llevan a Dios que es la Luz, el Amor, que es nuestra Vida, y todo con mayúsculas.


Suena el tam-tam en el monasterio invitándome a la oración, y su sonido austero, llega hasta la dehesa, y yo dejo mi encina y regreso a la selva, y este largo camino también lo hago en silencio.


En la humilde capilla uno mi voz a la de mis Hermanas y al ritmo acompasado de los monjes: “Señor abre mis labios, y mi boca proclamará tu alabanza. Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo…” y mecida por los salmos, mi viaje prosigue ahora, atravesando otros espacios, esta vez infinitos.
 


Lo que era y lo que soy

lunes, 03 de diciembre de 2012 | Hay 1 comentarios

Al salir de la parroquia después de una hora y media de formación, ya es de noche. Saludo a la madre de Tresor, que ha estado también escuchando al misionero javeriano. Este nos ha hablado sobre la fe que es, como ustedes saben, el tema del año.
Subimos lentamente las escaleras de la colina. Ni ella ni yo podemos ya correr como algunos jóvenes que pasan a nuestro lado. Muchos escalones hay hasta la gruta de la Virgen que está enfrente de la puerta de la escuela.
El tema le ha gustado. Yo escucho sorprendida sus confidencias espontáneas: “Antes, nadie me miraba, todos huían de mí como si fuera basura, como si fuera… - no digo la palabra para no herir sensibilidades, ella si la pronunció-. No tenía derecho a estar entre la gente. No significaba nada para nadie… ni siquiera para la familia. Peor fue aun cuando tuve el niño… Tenía que esconderme.
“Y ahora, no sé bien ni cómo, ni por qué, ha cambiado totalmente mi vida. Tengo a mi hijo en la escuela, recibo el apoyo de las Hermanas, vengo a la parroquia como todo el mundo, estoy entre la gente, pertenezco a Caritas, cuentan conmigo, y si alguien necesita algo que yo pueda darle, se lo doy… Entro en la casa cada día y de rodillas doy gracias a mi Dios…
“Quienes me despreciaban dicen que todo esto que me pasa es fruto de la “magia”- por no decir brujería-, se sorprenden que hable como cualquier persona, que participe y dé mi testimonio, que exprese mis opiniones en la Comunidad de Base… que sea tratada como se trata a una persona normal…”
Ante estas revelaciones no se me ocurre otra cosa. “Para Dios todos somos iguales,-le digo- somos sus criaturas. Hemos salido de sus manos. Todos somos sus hijos, todos somos hermanos y nadie tiene derecho a despreciar a nadie… Ya ves, Dios no te ha abandonado.”
“Es verdad, hermana" -me responde- y sigue hablando de su experiencia, de su nueva visión de la vida, del cambio incomprensible en su existencia.
Sus palabras han tenido una especial resonancia en el corazón que me llena de luz y de serenidad. Me doy cuenta de que he subido las escaleras sin hacer las pausas obligadas para respirar que hago siempre, y sin haber sacado la linterna del bolso…
Pienso en ese momento que vale la pena estar quince años en estas tierras, solamente por escuchar algo así. Y me digo: “Esta mujer se ha puesto de pie. Su vida no volverá a ser nunca como antes.” Y doy gracias a Dios. 

 Mi pensamiento va en medio de la noche a toda esa gente que nos acompaña desde lejos, haciéndonos sentir su generosidad como un milagro a través de estos años. Porque es esa gente solidaria la que hace posibles estas maravillas…
 


UN CUADRO PARA UNA CASA

martes, 23 de octubre de 2012 | Hay 0 comentarios


Alguien me dice con generosa decisión: “Te dejo ese cuadro para ponerlo en la casa de Pascal”. Y yo recibo el encargo con la mayor naturalidad del mundo. Lo guardo en mi habitación y como es ya de noche, pues ¡Hasta mañana ¡
Al día siguiente, el ritmo de siempre, entro y salgo corriendo varias veces en la habitación. El cuadro sigue ahí, en un rincón –aun no he encontrado un sitio adecuado para él- envuelto en papel de regalo.

Hasta que en un momento determinado caigo en la cuenta de que, claro, el cuadro está pero, ¿dónde está la casa? Porque es cierto, la casa de Pascal no existe. El lugar en el que vive con su familia no puede llamarse casa, y la construcción incipiente que va surgiendo en este terreno accidentado y rocoso, que se ha adquirido para él, tampoco se puede llamar casa. Entonces, no hay paredes para colgar el cuadro.

 No se puede empezar a construir una casa por el tejado… Eso es lo que siempre se dice. Por el tejado no, y ¿por un cuadro? ¡Menos todavía¡ Sin embargo, contra toda lógica, empiezo a pensar que nada es imposible. Este cuadro no se ha pintado para permanecer envuelto en un papel de regalo. Este cuadro necesita una pared para colgarlo, y un techo para que no se moje y se destiña… y gente que lo pueda mirar y admirar, y niños que lo señalen con el dedo.

A través de la ventana veo a Pascal un día, y otro, y otro, rompiendo con un martillo pesado las grandes piedras que se encuentran en el terreno. Tiene fama de trabajador y de conocer, mejor que nadie, los puntos débiles de las rocas, por donde tiene que comenzar a golpear. No hay una que se le resista. El fuego, a veces, le sirve de gran ayuda. Veo a sus hijos - hasta cuatro al mismo tiempo - entre once y catorce años, machacando las piedras al llegar de la escuela, para hacer la gravilla. No tienen dinero pero tienen manos, voluntad y fuerzas para lograr lo que quieren. Y es que no pueden seguir mucho tiempo más, como hasta ahora, con la casa inundada cada vez que las lluvias se ensañan con ellos, y levantándose en plena noche para sacar el agua que les entra por todas partes.

Así que este cuadro, me está gritando algo, y me obliga a pensar, a escribir, a rezar, a construir, a despertar, a hablar. Pascal posiblemente no sabrá nunca que este cuadro destinado a su casa está, sin martillo, y sin golpes, sin fuego y sin palabras, apresurando, bajo un papel de regalo, la realidad de un sueño. Me temo que será para mí un interlocutor recalcitrante, silencioso y exigente al mismo tiempo, que no me dejara tranquila hasta que no tenga “su pared”…

Que nadie me diga que soy utópica o idealista. Puedo responderles que he visto otras cosas más difíciles que empezar una casa por un cuadro… Porque si ha habido gente que ha logrado colgar una campana en lo más alto de una iglesia- que no existía-, también puede haber gente que se empeñe en levantar  paredes solamente por el “gusto” de colgar un cuadro…
Y ya les contaré, porque supongo que seguirá diciéndome mil cosas, incluso encerrado dentro del armario.

Sospecho que solamente guardará silencio cuando esté en su lugar…

 



Tresor

jueves, 27 de septiembre de 2012 | Hay 2 comentarios

Tres años largos hace ya que una joven de corta estatura llegó a nuestra casa con un pequeñín en brazos. Un bebé débil, malnutrido y enfermo al que enviamos de inmediato al dispensario, casi convencidas de que no llegaría al día siguiente con vida.


¡Pues nos equivocamos ¡ El chiquillo resucitó contra todo pronóstico. Con la papilla de las Monjas Dominicas de Tumi, fue tomando peso y llenándose de fuerza. Pegado siempre a su madre, al principio a su espalda y después en sus brazos. Perezosillo para andar, sobre todo para subir de la mano los 217 escalones cuando salimos de misa los domingos. Claro que lo comprendo perfectamente…


Su madre hace lo que puede y lo que no puede por sobrevivir ella y su hijo. La Comunidad la apoya con el proyecto de nutrición cada mes. Incluimos en su paquete además del arroz, el aceite de los botes de tomate concentrado, el azúcar y la margarina, y otros alimentos, un paquete de velas, pues no tiene luz en la habitación alquilada en la que viven los dos. Y también jabón “macabó” para lavar su ropa.


Aun no les he dicho su nombre. Y por nombre que no quede. Esta mujer, en medio de las dificultades y penas de su embarazo, del abandono del padre del bebé que llegaba, no se quedó atrás y le puso a su hijo un nombre soñador, sobreabundante de amor, riqueza y optimismo, de alegría y de grandes esperanzas: Después de su apellido este es su nombre: Mesrêves, Joyelle, Trésor (Mis sueños, Alegría, Tesoro). Este largo nombre lo reducimos a Tresor. Así lo conoce todo el mundo en nuestro barrio.


Pues Tresor el chiquillo que llegó aquella mañana a nuestra casa ha comenzado la escuela hace unas dos semanas. Y no le está siendo fácil la adaptación. En su casa domina a la mamá, pero en la escuela como no rige el mismo sistema de gobierno que en su hogar, no está muy convencido todavía. Además Gerard, un hermano Escolapio que anima nuestras clases, está siendo para él, la voz del padre que no tiene en casa. Una gran novedad para él.


No lo he visto hoy. Seguro que se habrá puesto contento con la mochila que normalmente viene vacía. Se la compramos ayer. Los pequeñines no tienen ni libros ni cuadernos, la mochila es puramente decorativa. Bueno, no tanto, todos los niños tienen que traer un bocadillo para la mitad de la larga jornada única. Trésor abre la suya encuentra tres galletas se las come sin respirar y luego se pone a pasar por las mesas y a llorar cuando ve que los otros niños sí sacan de su mochila algo más consistente… Esta semana, hemos encontrado la solución: prepararle el bocadillo en nuestra casa y metérselo en su mochila mientras él está en la clase.


Ha resistido gracias a Dios a más de un paludismo y ahora con su presencia, nos recuerda siempre a tantos bienhechores que han colaborado sin saberlo en que él esté vivo alegrándonos con sus risas, con sus rabietas espectaculares y con su forma de ser. ¡ Bendita la hora que llegó a nuestra casa ¡
Como a él hemos visto crecer a otros niños y niñas de los que nadie esperaba nada. Un día de estos, les presentaré por ejemplo por ejemplo,a los “triplés” (trillizos).


A `pesar de lo que piensa mucha gente… sobre el exceso de población sobre nuestro planeta, yo siempre creo que el mundo sería menos radiante, menos alegre, menos hermoso, si ellos no estuvieran aquí. Además tengo razones de peso- La primera, y convincente: si yo hubiese sido la última hija, - novena de 12 hermanos-, yo me hubiera perdido tres hermanas geniales que han sido y son cómplices de mis mejores aventuras infantiles . Qué diferente hubiese sido mi vida de ayer y de hoy sin su presencia!


Por eso jamás diré un no a la vida a la que Dios por y con amor ha dicho de antemano un sí.
 


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