La encina


Esa soledad irremediable

domingo, 02 de noviembre de 2014 | Hay 0 comentarios

En algún libro había leído: “No será esta soledad el signo de la soberanía de Dios, ese título de posesión al cual no puede renunciar el Dios celoso?” ¿De dónde veníamos aquel día? Mejor dicho, ¿aquella noche?. Habíamos salido de excursión desde Madrid. Una jornada fraterna y divertida. Regresábamos contentas pero cansadas. A un lado y otro de la carretera los chopos entre la niebla llamaron mi atención. Debía ser noviembre y lloviznaba un poco. Se adivinaba el frío que podía hacer fuera del autobús. Siempre al regreso de algún lugar, cuando has pasado un día feliz con gente a la que quieres y te quiere, te atraviesa la espada de la finitud. Todo se acaba aquí. Nada es definitivo. La brevedad se impone. Y cuando llegamos a Madrid me rondaban la mente, algunos versos nuevos que eran preludio del poema siguiente. El que os ofrezco en este día de Todos los Santos, aniversario de mi profesión perpetua. ESA SOLEDAD IRREMEDIABLE… Un puñado de chopos esparcidos/ a la orilla de cualquier camino,/ después de puesto el sol,/ cuando la noche/ se hace dueña de todo: / Eso somos nosotros, solo eso./ Clavados en la tierra con raíces de amores claroscuros/ y creciendo hacia arriba-ruta al cielo- / buscando a tientas el amor que sacie de verdad, sin medida./ En el campo a través y sin resguardo,/ con hojas o sin hojas,/ con mirada, alma y brazos de madera/ que sirvan para cruz cuando sea el tiempo./ Un puñado de chopos solitarios,/ sembrados uno a uno,/ a muy poca distancia,/ suficiente para sentirnos solos,/ separados, distintos./ Cada cual con su tronco y con sus hojas,/ cada cual con sus hojas y su savia,/ cada cual con su fuerza y con su altura./ La lluvia nos resbala,/ el viento nos asusta,/ el hielo se nos clava en la corteza./ La niebla no nos deja mirarnos claramente./ Eso es lo que nos une: la niebla, el viento, el hielo,/ el peso de la noche,/ la lluvia que nos moja,/ el miedo a vivir solos…/ Y ese terco deseo / de crecer y crecer siempre hacia el cielo/ en busca de la mano que nos sembrara un día,/ con la esperanza viva de que nos corte pronto,/ y haga un haz apretado, con nuestros troncos muertos,/ unidos para siempre,/ sin tierra ni distancias de por medio./ Madrid, 1 de diciembre 1968


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